Escuchad, habitantes todos del mundo, así los plebeyos
como los nobles, el rico y el pobre juntamente. Salmo 49:1-2
En este universo
extraordinario, Dios quiso hacer algo único.
Creó al hombre a su imagen para que pudiese comprenderlo, hablarle y
amarle. Tenía para él proyectos eternos;
le amó por encima de todo.
Pero para
permitirle aceptar o no esta relación, le dio la libertad. Y el hombre no siempre la empleó bien, pues
incluso rechazó a Dios para vivir a su manera.
Durante mucho tiempo Dios le estuvo llamando, pero no quiso escucharlo. Le envió sus siervos, pero los menospreció,
los insultó y los echó fuera. Le dejo
una carta, un gran libro, pero la gente miró para otro lado; lo abandonó.
Entonces el
mismo Hijo de Dios descendió del cielo para hablarle, pero el hombre se burló
de él, le escupió el rostro y al final lo clavó en la cruz. ¿Se da cuenta de este gesto? ¡El Hijo de Dios
fue tratado como el más malo! Él, quien está lleno de amor y humildad, y que
había venido para hablarle al corazón.
¡Oh! ¡Miserable! ¿Qué hizo el hombre ese día?
Pero tres días
después, la tumba quedó vacía. ¡Sí! Para librarnos de la muerte eterna. Dios mismo resucitó a Jesús, quien había sido
crucificado. Acepte la salvación que
Dios le ofrece ahora. La ira de Dios
contra el pecado cayó sobre Él para que usted pueda ser salvo.
Hermanos, Dios
le ama a pesar de sus desobediencias, su rechazo, su inmoralidad, su rebelión,
su maldad y su violencia. Usted puede
esconderse, ¡pero Él lo ve! Puede escaparse, ¡pero Él lo alcanza! Hasta su
último suspiro, él estará ahí, le llamará y estará esperando que vaya a Él.

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