A la hora novena
Jesús clamó a gran voz, diciendo... Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has
desamparado? Marcos 15:34
Durante las
primeras tres horas de su crucifixión, Jesús permaneció mudo ante los que se
burlaban de él y lo desafiaban. Unas tinieblas sobrenaturales invadieron
entonces el país. ¡Las burlas cesaron, el mundo se silenció! Dios puso un velo
sobre el sufrimiento de su Hijo.
Al final de esos
sufrimientos, Jesús clamó con una voz potente: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me
has desamparado?”. Esta expresión traducía una soledad espantosa... ¡Qué
expresión misteriosa y solemne!
Algunas horas antes
de la crucifixión, Jesús había aceptado cargar con nuestros pecados: “La copa
que el Padre me ha dado, ¿no la he de beber?”. En la cruz Jesús sufrió el
juicio de Dios por nuestros pecados.
Solo Dios sabe qué
sintió Jesús en ese momento. Y nosotros, con respeto y emoción, impelidos por
su clamor lleno de dolor, adoramos. Solo, abandonado por Dios, por quien su
amor y su obediencia nunca habían vacilado, tuvo que clamar: “¿Por qué me has
desamparado?”.
Jesús fue
abandonado por usted y por mí. Soportó en nuestro lugar las consecuencias de
nuestro rechazo a Dios. “Llevó él mismo nuestros pecados en su
cuerpo sobre el madero” (1 Pedro 2:24). “Cristo padeció una sola vez por
los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios” (1 Pedro 3:18).
Esta expresión de
Jesús es central. Cristo, el único hombre perfecto, fue abandonado, pero esto
permitió que multitudes de pecadores se arrepintiesen y recibiesen el perdón de
sus pecados y la vida eterna.

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